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  • Pero tal explosión de vida no duraba mucho, y a mediados de verano los peces regresaban a las profundidades para que ya en otoсo el mar se cubriese de un fulgor fosforescente, gris y metálico que encendía las crestas de las olas, sumiéndolo todo en una tonalidad fascinante y casi sobrenatural.
  • Abel Perdomo comprendía ahora por primera vez a Santos Dávila, que el día en que supo que la tisis le impedía navegar llevó su barco a un lugar que nunca quiso revelar y le abrió una vía de agua enviándolo a descansar para siempre a un fondo de treinta metros, allí donde sabía que nadie más que los peces irían a molestarle.
  • Luego, mientras Yaiza y Aurelia preparaban un abundante desayuno a base de los peces voladores, que habían caído esa noche sobre cubierta, Abel y Sebastián bajaron a comprobar el estibamiento de la carga en las bodegas.
  • Richard se detuvo en un patio de oración con estanque y contempló los peces que se deslizaban en el agua y las ondas que se rizaban en su espejeante superficie.
  • El lomo de un «dorado» lanzó un destello a popa que fue la confirmación que necesitaban para aceptar que habían dejado de navegar para convertirse nuevamente en náufragos, y por un momento Yaiza, que había aprendido a amarlos, los odió porque ella, más que nadie, sabía lo que significaba el regreso de los peces.
  • Capítulo IXEl estanque de los peces doradosRegresamos a la casa juntos.
  • Su padre, que le había enseсado cuanto sabía sobre peces y barcos, era un marino intuitivo, la mayor parte de cuyos conocimientos le fueron proporcionados por el también intuitivo abuelo Ezequiel, que igualmente lo había adquirido de sus antepasados, pero su mar, «la mar» de los «Maradentro», se limitaba a una ancha franja de agua que se extendía a todo lo largo del desierto del Sahara, desde Agadir a La Gьera, apenas mil millas de largo por poco más de trescientas de ancho, pues el solitario archipiélago de peladas rocas de Las Salvajes, era el punto más lejano al que había llegado jamás el «Isla de Lobos».
  • Con el invierno las algas disminuían hasta casi desaparecer, y los grandes bancos de peces emigraban definitivamente hacia aguas más cálidas y profundas, donde se apoderaba de ciertas especies un letargo semejante a la hibernación de algunos animales terrestres.
  • San Marcial, Patrón de Lanzarote, había sido desde antiguo el santo predilecto de los Perdomo «Maradentro», que sin haber pisado una iglesia en su vida ni confiar en nada que no se basara en sus propias fuerzas y pericia, habían tomado la costumbre de invocarle cuando la mar se desmelenaba en demasía, los peces se empeсaban en despreciar la carnada, o el viento del desierto se volvía impertinente cubriendo el horizonte de un polvillo marrón o vomitando chorros de vaho ardiente sobre las indefensas islas.
  • América siempre estará en el mismo sitio…Utilizando de carnada las entraсas de los peces voladores y trozos, de pulpo seco izaron a bordo un «dorado» que les sirvió a su vez para cebar nuevos anzuelos y entretenerse hasta la hora del almuerzo, que resultó exquisito y abundante a base de pescado muy fresco y recién frito en el pequeсo «Primus» de petróleo.
  • Que sus pechos, sus nalgas o su rostro hubieran dado origen a semejante catástrofe, y a causa de sus ojos o su forma de moverse tuvieran que escapar como asesinos en un quejumbroso navío que amenazaba con desencuadernarse a cada instante, se le antojaba tan ridículo y absurdo, que a menudo tenía la impresión de que no era más que una de sus muchas pesadillas en que se le aparecían los muertos, se hundían las barcas o los peces le anunciaban su llegada.

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